La muerte de Raúl Ruiz a los 70 años en Francia trae de lejos un recuerdo que evoca sus creaciones. Mientras, en las redes sociales su nombre ya es uno de los tópicos del top 10 de Chile. Como en todo medio de opinión, los intelectuales, líderes de opinión y pseudointelectuales, o los que creen serlo, proliferaron como los aromos en primavera, y el efecto que estos entes idiotizados por la masa e ignorantes a la real importancia del fallecido, provocan sensaciones bastante similares a la alergia.
Raúl Ruiz no es sólo el “hashtag” de moda, es mucho más que eso. Y la verdad, es que él sí que sabe de aquel dicho “nadie es profeta en su tierra”, pues su gran carrera se forjó en Europa, específicamente en Francia donde residió desde su exilio en 1973 tras el golpe militar en Chile. Es por eso que su historia y legado no caben en 140 caracteres.
El alejamiento del cineasta era de esperase. Fue uno de los forjadores del “Nuevo Cine Chileno”, generación de directores que desarrollaron su trabajo de manera realista en la década del 60. De este periodo también destacaron Helvio Soto, Aldo Francia y Miguel Littin. Hasta ese entonces la cinematografía de factura local divagaba entre la belleza y la comedia, con la irrupción de esta camada cargada de mentes pensantes con miradas crudas y sin tapujos de la sociedad. El cine perdía su lujo e incluso exponía “lo peor de Chile”, según las señoras de la alta alcurnia de la época.
Uno de los que conoció desde adentro esta experiencia es José Román, cineasta que trabajó como guionista en la cinta “Valparaíso mi Amor”, de Aldo Francia, el cual recordó a modo de anécdota que “En el estreno, el público y las autoridades estaban horrorizadas con lo que se mostraba en la pantalla, y eso era la realidad, los pobres en los cerros, los niños descalzos, la feria, la Quinta Región no es sólo el reloj de flores”. El Nuevo Cine Chileno mostraba la realidad sin temores. Ruiz fue uno de ellos, con la diferencia que su surrealismo intrínseco lo hizo parecer un genio relegado. El exilio fue la razón fundamental, pero también un salvavidas para una carrera que se podría haber hundido opacada por la incomprensión del público y los medios.
El éxito y las creaciones se multiplicaron en sus nuevas tierras. Francia fue el país del primer mundo que lo albergó, y en él sintió la comodidad del respeto y el reconocimiento por su trabajo osado y desenfadado. Atrás quedaba Santiago, Palomita Blanca, La Maleta y los Tres Tristes Tigres que se paseaban en micros sucias, paseando por un Santiago bohemio en blanco y negro.
En 2007 el nombre de Raúl Ruiz sonó con fuerza en los medios. El cineasta volvía a Chile con “La Recta Provincia” una serie para la televisión basada en mitos chilenos. Fue anunciada con bombos y platillos, hasta que los caprichos del rating y las exigencias del mercado hicieron que el horario de emisión fuera cambiando de manera vergonzosa. Un golpe bajo y una falta de respeto para el creador nacional.
Por fortuna los premios y reconocimientos por sus obras no saben de people meter y ya nunca lo sabrán. Hoy la muerte de Ruiz es noticia y todos parecen, o aparentan saber algo de él. Si la muerte ha de servir de algo, que sea de reconocimiento para uno de los más grandes de la historia del cine chileno, al cual el tiempo y la sintonía le dio la espalda, pero que a cuyos trabajos nunca lograron opacar.
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